top of page

Queja vs. Gratitud

hace 2 horas
5 min de lectura

¿Quién gana el partido de tu vida?

Hay personas que lo tienen todo y siempre encuentran algo de qué quejarse. Otras, aun cuando les falta casi todo, encuentran motivos para dar gracias. La diferencia no siempre está en lo que tenemos, sino en cómo miramos lo que tenemos.


Rostro de una mujer dividido en dos mitades: una oscura y triste que representa la queja, y otra iluminada y sonriente que simboliza la gratitud.

4-6 Los inadaptados entre el pueblo tuvieron un antojo y pronto hicieron que el pueblo de Israel se quejara: «¿Por qué no podemos comer carne? En Egipto, comíamos pescado, ¡y lo conseguíamos gratis!, por no hablar de los pepinos y los melones, los puerros, las cebollas y el ajo. Sin embargo, aquí nada sabe bien; todo lo que recibimos es maná, maná, maná».

7-9 El maná era una sustancia parecida a una semilla con una apariencia brillante como la resina. El pueblo lo recogía y lo molía entre piedras o lo machacaba en morteros. Luego lo hervían en una olla y le daban forma de torta. Sabía a manjar cocinado en aceite de oliva. El maná caía sobre el campamento junto con el rocío de la noche.

Números 11:4-9 — Biblia El Mensaje


22-24 Los jueces se unieron al gentío. De manera que desnudaron a Pablo y a Silas, y ordenaron que les dieran una golpiza pública. Después, los metieron en la cárcel y le dijeron al carcelero que los vigilara constantemente. ¡Y así lo hizo!: los metió en la celda de máxima seguridad y les puso grilletes.

25-26 Hacia la medianoche, Pablo y Silas estaban en oración y cantaban alabanzas a Dios. Los demás prisioneros estaban asombrados. En ese momento, sin previo aviso, un terremoto sacudió la cárcel. Las puertas se abrieron de par en par y todos los presos se soltaron.

Hechos 16:22-26 — Biblia El Mensaje


Imagina un partido de fútbol entre dos equipos que se enfrentan todos los días en nuestra vida: la Queja y la Gratitud. Ambos quieren dominar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestra manera de enfrentar las circunstancias. Pero, aunque juegan en el mismo campo, sus resultados son completamente diferentes.

En el primer tiempo encontramos al pueblo de Israel. Habían salido de Egipto, donde vivieron esclavizados durante generaciones. Dios los había liberado, había abierto el mar para que pudieran escapar y ahora los alimentaba diariamente con maná, un alimento que caía del cielo.

     No tenían que sembrar, cosechar ni preocuparse por conseguir comida. Cada mañana encontraban la provisión de Dios esperándolos.

     Pero algo comenzó a suceder. En lugar de agradecer, empezaron a quejarse.


«Sin embargo, aquí nada sabe bien; todo lo que recibimos es maná, maná, maná».


     ¡Qué increíble! El mismo alimento que demostraba diariamente el cuidado de Dios se había convertido en motivo de descontento.

     Y no solo eso. Comenzaron a recordar con nostalgia los pescados, los pepinos, los melones y las cebollas de Egipto. Parecían haber olvidado un pequeño detalle: ¡allí eran esclavos!

     La queja tiene esa capacidad de distorsionar nuestra memoria. Nos hace exagerar lo bueno que dejamos atrás, minimizar lo bueno que tenemos delante y concentrarnos exclusivamente en aquello que nos falta.


Cuando la queja domina nuestros pensamientos, hasta las bendiciones comienzan a parecernos insuficientes.


Ahora comienza el segundo tiempo y el escenario cambia por completo.

     Pablo y Silas no estaban disfrutando de una comida ni descansando cómodamente. Habían sido golpeados, humillados públicamente y encerrados en una celda de máxima seguridad. Tenían los pies sujetos con grilletes y ninguna certeza de lo que sucedería al día siguiente.

     Si alguien tenía motivos para quejarse, eran ellos. Podrían haber reclamado por la injusticia, lamentarse de su situación o preguntarle a Dios por qué había permitido semejante sufrimiento.

     Sin embargo, hicieron algo sorprendente.


«Hacia la medianoche, Pablo y Silas estaban en oración y cantaban alabanzas a Dios».


     ¡Qué contraste! Israel tenía libertad y alimento, pero se quejaba. Pablo y Silas estaban heridos y encadenados, pero alababan a Dios.

     Unos tenían mucho y solo veían lo que les faltaba. Los otros habían perdido temporalmente su libertad, pero no habían perdido la capacidad de reconocer a Dios en medio de sus dificultades.

     Y mientras Pablo y Silas oraban y cantaban, ocurrió lo inesperado: un terremoto sacudió la prisión, las puertas se abrieron y las cadenas se soltaron.

     No significa que cada vez que agradecemos nuestros problemas desaparecerán milagrosamente. Significa que las circunstancias más difíciles no tienen por qué arrebatarnos la fe, la esperanza ni la capacidad de alabar a Dios.

     La queja nos encierra en lo que nos falta. La gratitud nos ayuda a reconocer lo que permanece, aun cuando muchas cosas se hayan perdido.

     Una persona puede tener una casa hermosa, una familia, trabajo y salud, y aun así vivir amargada porque siempre encuentra algo que no está como quisiera. Otra puede estar atravesando dificultades económicas, enfermedades o pérdidas, y todavía encontrar razones para agradecer.

     La gratitud no consiste en negar los problemas ni en fingir que todo está bien. Consiste en no permitir que aquello que está mal nos impida reconocer todo lo que sigue estando bien. Y aquí llegamos al resultado del partido.


La queja te roba la alegría, aunque lo tengas todo.

La gratitud llena tu corazón de alegría, aun cuando te falten muchas cosas.


     Quizás hoy no puedas cambiar todas tus circunstancias, pero sí puedes comenzar a cambiar la manera en que las enfrentas.

     Porque al final, la verdadera riqueza no consiste solamente en cuánto tenemos, sino también en cuánto somos capaces de valorar.

     Y tú, ¿vas a seguir quejándote por lo que te falta o comenzarás a agradecer por todo lo que Dios ya te ha dado?


PARA APLICAR HOY

1. Reconoce tu propio «maná». Antes de pensar en lo que te falta, identifica tres cosas que Dios ya te ha dado y que quizás has dejado de valorar por considerarlas normales.

2. No alimentes la queja. Cuando sientas deseos de quejarte, pregúntate si estás frente a un problema que necesita solución o si simplemente estás permitiendo que el descontento domine tus pensamientos.

3. Aprende a agradecer aun en medio de las dificultades. No necesitas esperar a que todo se resuelva para dar gracias. Como Pablo y Silas, puedes reconocer la presencia de Dios incluso en tus momentos más difíciles.


ORACIÓN

Señor, perdóname por las veces que me he concentrado tanto en lo que me falta que he dejado de valorar todo lo que me has dado. Ayúdame a reconocer tus bendiciones, incluso aquellas que recibo cada día y que ya considero normales. Que mis palabras no estén dominadas por la queja, sino por un corazón agradecido. Y cuando lleguen los momentos difíciles, enséñame a confiar en ti y a encontrar razones para alabarte, aun en medio de la adversidad. Amén.




Sergio Daldi, editor y autor del devocional Dios le dio lo que pidió, reflexión bíblica basada en 1 Crónicas 4:9–10 Biblia El Mensaje

Sergio Daldi

CEO & Presidente 

Grupo Nivel Uno / Casa Creacion




YA DISPONIBLE!

Hoy puedes llevarte EL MENSAJE. Pregunta en tu librería favorita.


Biblia El Mensaje

2 comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Gloria Carielo
hace una hora
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

este mensaje es de bendicion ya que nos enseña a no quejarnos sino a ver las bendiciones que Dios no da diariamente, el podernos levantar y tener sustento y abrigo y la Biblia nos enseña estar contentos con esto

bendiciones

Me gusta
Sergio Daldi
Sergio Daldi
hace 33 minutos
Contestando a

Muchas gracias por su comentario. Dios le bendiga. Sergio Daldi

Me gusta

©2025 por Biblia El Mensaje.

bottom of page